lunes, 11 de febrero de 2013

Un encuentro (nada) casual

- Es ideal para ti.
- ¿Quién?
- Adolfo.
No me gustan los tíos que se llaman Adolfo. Quizá porque mi primer novio se llamaba así y, como casi todos los primeros novios, era un completo imbécil. 
- ¿Entonces qué?
- ¿Qué de qué?
- Que si quieres que te organice un encuentro.
Jorge está empeñado en que tengo que conocer a alguien. Así que ahora ha decidido organizarme citas con tíos de su sector (teatral), y no es que en él abunde la mercancía hetero, pero a veces sí se pueden encontrar ciertos productos apetecibles.
- Hablas como una jodida comercial.
- Soy una jodida comercial.
- Venga, Gaby, no te simplifiques.
- ¿Adolfo, has dicho?
El encuentro casual ha sido de todo menos casual. Nos hemos encontrado a la salida de una de las obras que produce Jorge. Últimamente le pasa lo mismo que a mí en la discográfica: no lanzamos un solo producto que merezca la pena, así que era difícil explicar qué coño hacíamos los tres viendo semejante obra con semejante público. En teoría, a Jorge le sobraban dos invitaciones -gran excusa...- y por eso hemos acabado sentados en la misma fila viendo un espantoso vodevil sobre mujeres en crisis y con unto insufriblemente rancio y machista.
- Es lo que vende, Gaby.
- Pues es una mierda.
- Eso también.
Jorge no se molesta con mis comentarios. Ni yo con los suyos. Jorge y yo nos queremos demasiado como para no decirnos ciertas verdades. Tampoco todas, claro, que hay verdades que es mejor guardarse para sí.
- Os voy a tener que dejar.
- ¿Y eso, Jorge?
- Hugo, mi ex. Hemos quedado para hablar.
- ¿Hablar de qué?
- No te alarmes, Gaby. Solo vamos a hablar.
- Hablar siempre termina haciendo daño...
- No soy tan débil.
- No he dicho que lo seas.
Adolfo y yo nos hemos quedado a solas, claro. El plan estaba más que diseñado desde un principio, así que tampoco nos hemos molestado en fingir excesiva sorpresa. Yo, durante la función, ya le había hecho un examen completo. Manos fuertes -mi fetiche predilecto-, buen culo, piernas anchas y posiblemente musculadas, piel morena, una barba cuidadosamente descuidada, ojos grandes y expresivos, labios quizá excesivamente delgados -los prefiero carnosos- y espaldas anchas de un hombre habituado a pasar diariamente por el gimnasio. Y no sé si ha sido al imaginármelo en la sala de máquinas, o si me ha convencido su sentido del humor al parodiar el horror teatral al que hemos asistido, o si la culpa la ha tenido mi necesidad de acabar el domingo con algo que fuera mucho menos gris que todo cuanto me había dejado en casa... No sé. No tengo ni idea de en qué momento he perdido la cabeza, pero he terminado dejando que me llevara en coche a casa y he dejado que ese coche nos convirtiera en dos adolescentes que no tienen sitio para echar un polvo y que se conforman con unos cuantos besos y restregones entre el volante y la palanca de cambios.
No sé si ha sido o no muy excitante, aunque ha habido un segundo en que casi le arranco la camisa de pura ansiedad -estaba deseando comprobar si su pecho estaría tan bien dibujado como parece estarlo su espalda- y me he agarrado con fuerza a sus piernas para saber si puedo esperar de sus muslos -y de sus abultados gemelos- que sean tan dominantes como prometen, pero pronto me he dado cuenta de que tanto ajetreo físico quizá no era lo más sensato justo a unos metros de mi casa, porque podía pasar alguien que nos viese, porque quizá no tengo edad para eso de semifollar con alguien en un coche o porque -simplemente- prefiero follar de verdad -y sin medias tintas- en una buena cama.
Adolfo creo que piensa lo mismo. Pero su mujer, no. Así que, de momento, o nos contentamos con restregarnos en uno de nuestros coches, o nos reservamos una habitación de hotel -no sé por qué, pero eso me da algo más de pereza o hasta de culpa- o nos esperamos a que uno de nuestros cónyuges se vaya de viaje de trabajo y nos deje vía libre para terminar lo que hoy solamente hemos empezado.
A mí su nombre me sigue pareciendo horrible. Pero sus piernas, la verdad, han compensado con creces mi fobia onomástica. Total, si tan fácil me resulta mentir a mi entorno, mucho más sencillo debe de ser inventarle a Adolfo un nuevo nombre. Eso, ahora mismo, creo que es lo de menos.

1 comentario:

willagar dijo...

¡¡Gaby...!! Me dejas estupefacto y, porque no admitirlo, con cierta dosis de envidia recorriendo mis venas. Últimamente no puedes quejarte: un joven vigoroso en unos baños, ahora un tipo de cuerpo fornido en un coche..., yo, entre tanto, sepultado entre demandas y sentencias todo el fin de semana para adelantar trabajo(no, como ya te he dicho la realidad dista mucho de parecerse a la interesante vida de Will Gardner).
Vuelvo a comprenderte perfectamente en lo que respecta a fobias onomásticas. Yo tampoco soporto el nombre de Adolfo, ni el de Álvaro tampoco. ¿Será que empiezan por A? No lo se pero me dicen bastante poco y me seducen bastante menos. Sin embargo la R, la R siempre me pareció muy atractiva. Nombres como Román, Rodrigo o Ricardo me estimulan enormemente ya de por si. ¿Tendrá algo que ver con que son nombres de varón que, cada uno en su momento, dejaron profundas cicatrices en mi vida? Quien sabe. Forman parte de un pasado que, al menos por ahora, no me apetece recordar (ni tan siquiera se si lo merecen pero, como escribió Ende, esa es otra historia y deberá ser contada en otra ocasión).
Lo que no me queda muy claro es como terminó el episodio del coche. Nos dejas con la miel en los labios, querida Gaby. Espero que pronto nos puedas proporcionar más datos de como se comporta y culmina ese varón cuyo nombre deberemos de cambiar.
Por cierto, y en respuesta a tu comentario a mi último comentario (o como quiera que se diga en estos mundos de blogs, posts y demás), no tengo ningún miedo a que esa cena comporte instalación alguna en mi cocina. Eso sí, a cambio ven dispuesta a fregar los platos. Este piso adolece de muchas cosas, pasiones y lavavajillas son alguna de ellas. ¿Algún vino en especial?